ondacero.es. – Es la frase con la que, muchas veces, se suele maldecir a lo divino y a lo humano en determinadas zonas de América Latina, principalmente en Argentina y Cuba.

La frase tiene su origen en los años de los levantamientos independentistas en el continente sudamericano: Ceuta era lugar de presidio para muchos de sus líderes, en lamentables condiciones, de ahí que no guardáran un recuerdo precisamente agradable de su estancia en nuestra ciudad.

Es decir: Ceuta es conocida no por ser pequeña, dulce y marinera –que también– sino por una serie de hechos tristes y dolorosos que tuvieron lugar aquí. Algo por lo que no hay que llevarse las manos a la cabeza: estamos donde estamos, en el punto intermedio entre todas partes y ninguna, y siempre ha sido así desde que el hombre aprendió a navegar.

Ello, evidentemente, perjudica también a la imagen de la ciudad. Pero si somos un poco inteligentes, no tiene por qué no llevar un beneficio aparejado. Me explico: queramos o no, en los últimos años hablar de Ceuta a nivel nacional ha sido, entre otras cosas, hacerlo de inmigración.

De los hijos del hambre que han muerto y seguirán haciéndolo en nuestras costas. De aquellos que han asaltado la valla espoleados por el motor más potente de los que mueven el alma humana: la necesidad.

Quizá sea, pues, buena hora para plantearse aprovechar el rebufo del fenómeno migratorio en beneficio de Ceuta. Quizá, al albur del nuevo campus universitario, ofrecer Ceuta como sede de una especie de centros de estudios sobre la inmigración. Teniendo en cuenta que esta no tiene visos de parar: insisto en que las tres cosas que mejor definen a la sociedad del siglo veintiuno son el mestizaje, la emigración e internet.

Dejo esto en manos de los expertos, que doctores tiene la Iglesia y yo no soy ni monaguillo. Pero a lo mejor, si en vez de traumatizarnos por nuestras connotaciones negativas tratamos de darles la vuelta, podemos llegar a interesantes puertos.

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