Todavía me siento solo, porque el cuerpo, el que vistió mi cuerpo con tanto amor, se ha vuelto a su origen como la promesa del Eterno.

Y mis sentidos se preguntan ¿Dónde te fuiste?

Tanto me falta tu paso lento junto al mío y tú brazo trenzado en mi antebrazo o como de niño me enredaba de sobre el árbol de tu cuerpo que prefiero en mi Fe pensar que Dios disgregó tu espíritu y tu ser en todo eso que te vi amar, en millones de ti. Doy Fe, Dios fraccionó tu ser en millones de ti…

Y soltó parte en la cordillera junto a los héroes (ahí querías estar), las lágrimas de tu risa, para con ellas regar tus plantas eternas, el azafrán.

Tu rabia y una página en tu historia las colgó una noche de una estrella fugaz, tu silueta, en la forma de las nubes, en todas las lluvias del mundo, en cada gota como sabia, puso tu nombre.

Tu frente ondea con los vientos agitados de abril y otros tiempos, cuatro besos tuyos plantó Dios en la puerta de mi alma, en mi ruta eterna dejo tu luz.

Tu voz se escucha en los rizos del mar al romper en la orilla, ahí la puso Dios, en cada pétalo, de cada flor, de cada jardín nacido silvestre vive tu ternura, la magia de tus manos la dejó al cuidado de cada tallo herido, en mi mejilla

El polvo que levantaron tus pasos quedó en el orgullo de tus hijos y los genes de tu raza los derramó sobre el honor de unos pocos.

Tu cordura en el soporte de mis dudas, tu corazón entre la gente y la más clarecida de tus sonrisas, en sus memorias, con una de tus canas ató Dios todos mis años

Tus ojos los abrió en el cielo, tú aroma en las mañanas, en lo más alto de los montes, sobre los pinos dejó tu silencio, tu silencio que nadie supo, solo Él.

En toda su creación Dios repartió de ti, en las galaxias se habla de ti.

Menos tu Alma, bajo su amparo tu alma la dejo junto a Él.

(A Mireya Argentina Terrero Melo, Doña Pechy, diciembre de 1993).

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