Santo Domingo.- Se dice que nuestros antepasados nos dejaron algunos pergaminos muchísimo antes de que vinieran los últimos meteoritos que azotaron los cinco continentes y gran parte de la humanidad. La traducción aproximada de una pequeña parte de toda la recopilación rezaba más o menos así:

Hace cientos de años existió un planeta llamado Órbit. Las personas de ese espacio trabajaban, peleaban, compartían, se hacían daño y disfrutaban de muchas cosas. En realidad, no eran muy diferentes a las demás civilizaciones históricas.

Una de las cosas que más influenciaba a los orbitanos era la música en todas sus manifestaciones y un pequeño grupo de esas personas se dedicaba a maravillar a todo el planeta con sus espléndidas obras de arte. Era toda una época impactada por las fusiones rítmicas y si su cultura se hubiera ilustrado, sin duda alguna ésta habría sido un pentagrama gigante latiendo en forma de corazón. La manera en que las personas podían medir la influencia de los artistas era a través de las veces que los escuchaban en la radio, tanto al día, como en la semana y los meses.

Si las canciones del artista eran colocadas en la radio 300 veces al mes o cerca de 4,000 veces al año, entonces este artista era muy famoso, una auténtica súper estrella.

Era increíble cómo las personas no solo estaban atentas a escuchar las canciones de estos artistas, sino que también estaban muy atentas incluso, a las veces que estos artistas eran puestos en la radio, como si se tratara de una competencia donde el saber estas cosas de algún modo te hacían un mayor fanático y te brindaban cierto respeto en la sociedad. Todo el mundo (Tanto artistas como seguidores), estaba de acuerdo en que el Rap y sus derivados no eran música real y que esto no trascendería en el tiempo como las excelsas y majestuosas piezas que dominaban el mundo.

Personas de las tallas de Cuppa Bon en África orbital, con su gran estilo y canto para el “Rhythm and blues”. Pepe Rodríguez en América latinorbitana, como un ícono de la salsa y Aldo Bellucci en la parte Austral de Europa orbital, con su famosa ópera”, marcaron una época de grandes fenómenos en la música. Éstos eran artistas venerados al máximo por el mundo. Pero sin importar cuánta incidencia hayan tenido esos cantantes y músicos, sin importar sus récords, fama o gloria, sin importar lo que se dijera de ellos, absolutamente nadie estaba ni siquiera cerca de gozar de la popularidad de George Stevens en América orbital del norte. Con su potente y perfecto ritmo para el Rock deleitaba a las masas. Su dulce voz y encantadora melodía provocaba orgasmos existenciales en machos y hembras. George era apodado “El Inmortal”. Para que las personas tuvieran una idea realmente de quién fue “George El Inmortal”, sus canciones llegaron a ser escuchadas durante un año, nada más y nada menos que 150,000 veces. Su música sonaba hasta en emisoras religiosas. En la irracionalidad del éxtasis desenfrenado, muchos cometieron el grave y triste error de quitarse la vida como un gesto de “amor” por este artista y otros concluyeron tajantemente en que George Stevens era definitivamente una deidad.

Los otros artistas, por mucho que sonaran se veían como hormigas frente a Stevens, pues este artista acaparaba la atención de todo el universo (Según las personas) La fuerza de George llegó a un nivel tan, pero tan elevado que más de la mitad de los orbitanos coincidían perfectamente en que nadie superaría a George El Inmortal jamás. Decían que nunca en toda la existencia llegará nadie como él, ni alguien que alcance tan siquiera un cuarto de sus números. Hubo un año en que el increíble cantante orbitoasiático de música pop Jian Wang, fue colocado en la emisora 16,500 veces y el mundo literalmente se paralizó con esta hazaña, porque era casi inconcebible que esto sucediera, pero, aun así, esto no era merecedor de ser comparado con el omnipotente George. Su voz, su entonación, sus falsetes, su baile, su escenografía, su vestuario y su lírica lo eran todo en el mundo, eran la palpable sonrisa de los cielos.

Un aprendiz de piano de la Escuela Nacional de Música en un país del Caribe, llamado “Javier El Gigante”, que vivía en un barrio de una de las ciudades más grandes y quien había dedicado su talento al reggaetón y al Dembow, por coincidencia comenzó a leer la traducción de esos pergaminos, pero ni siquiera los entendía porque no le parecían interesantes. No le veía nada de sentido a esas historias absurdas, pues para él eran totalmente insignificantes e inservibles. De pronto, sin terminar de leer el documento lo tiró sobre la mesa y continúo trabajando sus “streamings” y viendo en la Web cómo su último video acerca de una canción rapeada, con 4 días de estreno ya tenía 7 millones de reproducciones orgánicas, mientras se golpeaba el pecho con gran masculinidad y vociferaba: “Yo seré el mejor de todos por siempre

Mario E. Hidalgo

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