Por las hondas cañadas baja el agua del río, regando el valle fértil con su magia de siglos, el campesino planta con su espalda quebrada la semilla y el fruto de su reclamo trunco.

Allá en las tierras altas, donde el cincel se clava, la cordillera tiembla de pavor y de espanto, los que explotan la mina han regresado, la Barrick, los mineros, con sus máquinas fuertes y precisas, han regresado.

La explotación se esconde con su daño en la tierra, en las hojas borrosas de un contrato de siglos, donde el silencio oculta la luz de la palabra, donde el dólar corrompe, donde el honor subyace entre el polvo y el humo de las máquinas.

Han vuelto tras el brillo del oro y de la plata, los metales ocultos, raros y apetecidos, detrás, los sulfuros, los muertos, el cianuro, las raíces podridas y las llagas.

Una niebla silente, un río de sangre, brota de la mina, los pasos de la muerte se escuchan en la planta, los caballos abrevan tras de las alambradas, es la presa de cola que envenena las aguas, los niños y los peces, los cultivos están contaminados.

Como una telaraña que se expande, el río va por los campos y los arrozales, con sus macabros tóxicos y sus contaminantes, nadie los ve.

La servidumbre torpe, los cómplices, los amos, la entrega vil, la venta, Wall Street, las ofertas, las ofensas, los que callan.

El saqueo permitido, la culpa miserable, continuarán su rumbo, mañana esos señores se irán, dejando el valle hollado, el minero se irá con sus tatuajes, dejando sus esquelas y epitafios.

La culpa de esa infamia, quedará en la memoria de indolentes, serviles y lacayos, desmemoriados que vendieron el oro al extranjero por espejitos y cuentas de barro.

¡ALERTA DOMINICANO!

FREDDY TERRERO MELO (TITIN)

OCTUBRE, 2020

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